Micromegas
Micromegas El anciano Belo, rey de Babilonia, se tenía por el primer hombre de la tierra, pues todos sus cortesanos se lo decían y sus historiadores se lo probaban. Lo que podía servir de excusa a tamaña ridiculez es que sus predecesores habían construido Babilonia hacía más de treinta mil años y él la había embellecido. Sabido es que su palacio y sus jardines, situados a pocas parasangas de Babilonia, se extendían entre el Éufrates y el Tigris, que bañaban sus amenas orillas.
Su vasta mansión, de tres mil pasos de fachada, se elevaba hasta las nubes. La plataforma estaba rodeada por una balaustrada de mármol blanco de cincuenta pies de altura que sostenía estatuas colosales de todos los reyes y próceres del imperio. Dicha plataforma, compuesta de dos hileras de ladrillos cubiertos por una espesa capa de plomo de un extremo a otro, sostenía doce pies de tierra; y sobre aquella tierra se habían levantado bosques de olivos, naranjos, limoneros, palmeras, claveros, cocoteros y canelos que formaban avenidas impenetrables a los rayos del sol.
