El anillo del nibelungo

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II LA WALKYRIA

La tempestad destroza las viejas encinas y los copucos fresnos; el rayo hiende los troncos los torrentes se han salido de madre. Los hilos del aguacero, constantes y tupidos, envuelven la tierra; los animales silvestres se han guarecido y sólo al amainar el trueno y cesar la lluvia las ardillas se animan a corretear por las ramas y las gacelas a pisar la alta hierba. Al anochecer, un viajero misterioso, fatigado y rendido, con el claro cansancio de la huida, penetra de improviso en la casa de madera rústica que sirve de vivienda al cazador Hunding y a su mujer, Siglinda. Como las viejas casas de la selva germana, su construcción es primitiva y simple. Ha sido levantada circundando un fresno enorme cuyas raíces se hunden en el piso y cuyo ramaje emerge del techo hacia el cielo. La llama que brilla en la gran chimenea de la habitación principal arde acogedora. El viajero, agotado, se tiende frente a ella y una suave somnolencia reemplaza a la angustia y a la premura de la huida. El batir de la puerta y el andar del hombre han provocado agitación en la solitaria casa de Hunding, y Siglinda baja de su aposento y descubre al huésped inesperado. Se inclina sobre él para observar si es visible alguna herida.

-¡Agua! ¡Un poco de agua! - dice el viajero en voz baja.


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