El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo Los encinares del bosque se apretujan junto a la entrada de una gruta. De su interior llega el eco acompasado de un hierro golpeado en el yunque y el soplar de un fuelle. Los pájaros preludian sus cantares mañaneros y las hojas de los pinos y de los robles, de erguida planta, tienen el verde fresco y brillante. Los zorros y los lobos no sesgan con sus aullidos la tranquilidad de la selva. Sólo el lamento de Mime, el enano herrero que forja en la gruta, rasga el silencio.
-¡Tormento pesado! ¡Trabajo sin fruto! La mejor espada que forjé en mi vida resistirÃa a los puños de los gigantes. ¡Y este jovenzuelo, que he criado y prohijado, la rompe como si fuera de juguete! ¡Carezco del arte que pueda unir los pedazos de la espada Nothung! ¡Y qué premio tendrÃa si pudiera lograrlo!
