El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo Las ondinas mismas favorecen sus planes. ¿Cómo temer de un enano torpe y sensual, que se pasa la vida buscando quien le ame? Juegan en la corriente y descuidan el tesoro. Entonces el oscuro nibelungo se hunde de improviso en las aguas y con ímpetu arranca el oro, sumergiéndose con él en el fondo del Rhin.
La oscuridad desciende de pronto al lecho del río y se oyen las voces angustiadas de las ondinas que claman por el oro. Se llenan las riberas con sus ecos y lamentaciones. Invocan a los dioses, llaman al padre Wotan:
-¡Detenedle! ¡Salvad el oro! ¡Socorro, socorro!
La tarde ensombrecida ve llegar la noche; el viejo Rhin sigue su incansable carrera al mar, oscuro y hosco. La noche pasa presurosa con su carga de estrellas y el nuevo día alumbra la desolación de las ondinas.
La niebla lechosa del amanecer vela el reino celeste de los dioses. El día naciente ilumina el castillo etéreo de Wotan, erizado de almenas relucientes, con puentes levadizos, sostenido por el arco de las nubes y levantado más allá de los montes. En la tierra se aclaran el enverdecido valle del río, las crestas de las montañas y la mancha oscura de los bosques. Los dioses despiertan y admiran el alcázar. El padre inmortal descansa sobre el césped y su esposa Fricka junto a él le habla:
-¡Despierta del dulce engaño del sueño; despierta y medita!