El circulo carmesi

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—Es divertido —dijo—, ¡sin que llegue a ser nada excitante! Todavía no le puedo contar nada, porque acabo de empezar esta mañana —se volvió hacia el policía—, y no voy a causarle muchos problemas, señor Parr —dijo—. La única cosa de valor que hay en la oficina es un pisapapeles de plata… Ni siquiera tengo que echar las cartas al correo —continuó burlonamente—. La estructura de la oficina sigue el modelo americano y hay un tobogancito en el despacho privado del señor Yale que envía las cartas directamente al buzón del vestíbulo de abajo. ¡Es realmente decepcionante!

El brillo burlón de sus ojos desmentía su actitud solemne.

—Es usted una mujer extraña —dijo Parr—, pero tengo la certeza de que hay algo de bondad en usted, a pesar de todo.

El comentario pareció causar en ella una gran satisfacción. Se rió hasta que se le saltaron las lágrimas y Jack sonrió con simpatía. Parr, por el contrario, no se mostró divertido en absoluto.

—Tenga cuidado —dijo, con voz siniestra, haciendo que la sonrisa se esfumara de sus labios.

—Puede estar seguro de que tendré mucho cuidado, señor Parr —dijo—, y, si me encuentro en cualquier tipo de dificultad, igualmente puede confiar en que lo llamaré inmediatamente.


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