El circulo carmesi
El circulo carmesi Racionaba el vino que se servía en la mesa y contaba las botellas vacías, incluso los corchos. Solía jactarse de que podía notar la ausencia de una flor en su enorme jardín. Periódicamente mandaba las flores al mercado, junto con las hortalizas que cultivaba y los melocotones que maduraban en lo alto del muro y, ¡ay del desventurado jardinero que se atreviera a hurtar una sola manzana de aquella huerta!, pues Harvey Froyant poseía un extraño instinto que lo conducía hasta el árbol saqueado.
Thalia sonrió irónicamente al recordar todo aquello y, una vez hubo terminado de cambiarse, salió cerrando la puerta tras de sí. Su patrona la observó mientras bajaba por la calle y sacudió la cabeza con inquietud.
—Parece que su huésped ha regresado —dijo una vecina.
—Sí, ha vuelto —dijo la mujer gravemente—. Una muchacha decente… ¡No me lo creo! Es la primera vez que alojo a una delincuente en mi casa y será la última. Se lo haré saber esta noche.