El hombre siniestro

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En las ventanas del primer piso, cubiertas con vidrios gruesos y sucios que apenas dejaban pasar la luz. El borroso letrero que rezaba «Amery & Amery - Navieros. Importadores» aparecía tal y como lo había colocado un Amery en los primeros tiempos de la muerte de Jorge III. La pequeña habitación donde Elsa Marlowe despachaba la correspondencia del actual dueño de la empresa había sido amueblada por un alto empleado de allí, que había tenido el honor de ver a los primeros policías en las calles de Londres.

La muchacha, al sentarse por primera vez ante el viejo escritorio, una mañana de la pasada primavera, se había encontrado tan fuera de su ambiente, como las pobres lilas que había traído y que colocó en un vaso, encima de un mueble cercano.

Había un escultor en París, monsieur Minière, a quien le gustaba representar siempre a la parisiense graciosa, gentil, elegante y bonita, y Elsa habría podido muy bien servirle de modelo, pues la muchacha tenía el talle delgado, las piernas largas y airosas, el mentón suave y redondeado, la nariz recta, los ojos grandes y rasgados y el cabello rubio que tanto gustaba de reproducir el escultor parisiense.


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