El hombre siniestro

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Mister Tupperwill tenía ocupada toda la mañana, pues, como a mister Amery, le gustaba abrir y leer él mismo su correspondencia particular. Esto le ocupaba hasta la una. Ya hemos dicho que el Banco Stebbing era un establecimiento de crédito extraño. Muchas de las cuentas corrientes eran misteriosas, otras tenían nombres falsos, y otras, en fin, servían a personajes o grandes empresas para atender a ciertos gastos que no querían o no les convenía que se publicaran ni conocieran.

Mister Tupperwill se sorprendió esa mañana al ver que entraba en su despacho un viejo conserje con una tarjeta en la mano.

Antes de que su servidor pudiera hablar, el banquero empezó a hacer gestos negativos con la cabeza y con la mano, al tiempo que decía:

—¡Ahora no, ahora no! ¡Ahora no puedo ver a nadie! ¿De qué se trata?

—De la cuenta esa tan fuerte que retiraron ayer del banco, mister Tupperwill —contestó el conserje, en tono de disculpa.

El banquero dio un respingo en su sillón, preguntando en voz baja:

—¿Mister Amery?

—Sí, señor. Dice que no le molestará a usted más que diez minutos.


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