El hombre siniestro
El hombre siniestro El mayor Amery salió del restaurante cuando Elsa y los Hallam ya se habían marchado.
Estaba lloviendo. Un empleado le ofreció un taxi, pero Amery lo rechazó, diciendo:
—¡No, muchas gracias! Me voy a pie.
Fue por Leicester Square hacia Piccadilly Circus, y luego hacia Regent Street. Pero al llegar a Hannover Square se dio cuenta de que dos individuos le seguían.
Amery vio que la plaza estaba desierta; sólo se veía un taxi. Entonces, prudentemente, hizo una seña al chófer y abrió la portezuela.
Estaba a punto de subir, cuando apareció un hombre detrás del coche.
—¡Buenas noches, mister Stillman! —dijo el mayor en tono de broma.
Con un rápido movimiento subió al coche, y el desconocido vio que le estaba apuntando al pecho con una pistola.
—Mister Stillman, ¿verdad? —repitió el mayor en el mismo tono que antes.
El rostro del desconocido no se veía, porque llevaba el sombrero calado hasta las cejas y una bufanda liada al cuello que le llegaba hasta los ojos.
—No le entiendo a usted —dijo con voz bronca y evidentemente alterada—, pero le ruego baje un momento. Tenemos que hablar.
