El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¡Es precioso, mistress Hallam, y no comprendo cómo a usted no le gusta esto! ¿Va a salir?

—No sé, hija mía. No sé lo que haré. ¿Está usted bien en casa?

—Muy bien, mistress Hallam. No se preocupe por mí en absoluto. Además, creo que ya he encontrado un piso y me marcharé en cuanto pueda.

—¡Oh, no se preocupe por eso, miss Marlowe! Yo me alegro de tenerla aquí… todo el tiempo que necesite.

Luego, mirando la famosa maleta, añadió:

—¿Por qué no lleva usted esa maleta al cuarto de los baúles? Aquí le estorba.

—No; quiero tenerla aquí hasta que me marche.

En ese instante sonó el teléfono y Louise se apresuró a salir del dormitorio de Elsa.

Trene Hallam cogió el auricular y oyó la voz de su marido que decía:

—¡Escucha, Louise: mira si hay alguien rondando la casa, y si es así, dímelo!

—¿Es que tienes miedo? —preguntó ella, riendo y haciendo que su marido estallara en maldiciones.

Cuando Elsa volvió a poner la radio, se oyó decir al locutor:

—Señores radioyentes: dentro de un cuarto de hora conectaremos con la Opera y podrán oír ustedes el último acto de Fausto.


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