El hombre siniestro
El hombre siniestro —Mañana se lo explicaré —repuso el mayor, sonriendo—. Recuerde que ya en una ocasión le dije que en Londres no habÃa lugar para dos bandas. Una de ellas sobra. Mi consejo es que se vaya usted a casa, o mejor, que se entregue al primer policÃa que encuentre. ¡La muerte le ronda esta noche, amigo mÃo!
Y el doctor, lÃvido, apoyado en la pared, les vio salir a los dos.
En la puerta les esperaba Feng Ho, a quien el mayor dijo:
—Espérate aquÃ. Sigue al doctor, si sale. Tengo interés en saber dónde va.
En ese momento se detuvo un taxi junto a la puerta, y bajaron dos hombres.
—¿Vienen ustedes de parte del superintendente Wille? —preguntó Amery.
—¿De Wille? —repuso uno de ellos—. No. Nosotros somos inspectores de Scotland Yard. ¿Es usted el mayor Amery?
—En efecto.
—Pues traemos una orden de detención contra usted.
—¿Contra m� ¿Por qué?
—¡Oh, eso se lo dirán a usted en la comisarÃa! Nosotros sólo tenemos orden de detenerle y llevarle allÃ.
Amery hizo un gesto ambiguo. Luego dijo: