El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¡Desde luego, por medios legales!

—El único medio de detener la marcha de Soyoka —dijo Hallam—, si ese hombre es Soyoka en realidad, es impedir que pueda hacernos daño. ¿No es eso lo que quería usted decir, amigo Jarvie?

—Lo que yo he querido decir —repuso Jarvie—, es que si no podemos vencer a Soyoka abiertamente, deberíamos hacer algo para asustarle, para amedrentarle. ¿Comprenden ustedes? Yo no conozco mucho Londres; soy un comerciante de provincias, pero me han dicho que en Londres no es difícil encontrar a un hombre que por diez libras, apuñale a su propia abuela, ¿comprenden? Personalmente, yo no apruebo la violencia, porque va en contra de mi temperamento. Pero no nos faltaría alguien capaz de asustar (¡ésa es la palabra!) asustar a Amery.

Ya dadas las cuatro terminó la comida, y Ralph Hallam salió solo a la calle. Al llegar a la puerta, se encontró con un hombre obeso y elegante que se dirigía hacia un «Rolls» soberbio, aparcado junto a la acera. Un lacayo abrió respetuosamente la portezuela.

—¿Cómo, mister Tupperwill? —exclamó el doctor—, ¡Anda usted por sitios muy apartados de Londres!

Mister Tupperwill, el propietario de la Stebbing Banking Corporation, se volvió reposadamente, y exclamó, en tono amable:


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