El hombre siniestro
El hombre siniestro Hizo un gesto como dando el asunto por terminado, con gran contento de la muchacha quien permaneció diez minutos con la vista fija en la ventana. El pequeño comedor de la casa de Tara daba al jardín de Elgin Crescent, un jardín común en la parte trasera de muchas casas. No era un jardín propiamente dicho, sino una especie de explanada de césped, con grandes árboles en el centro y sendas obscuras. El lugar era punto de reunión de niños y niñeras del barrio, sobre todo en los días de verano. Pero a esta hora, el jardín estaba desierto. Un pálido rayo de sol penetraba por la vivienda, yendo a posarse sobre el búcaro de flores que había en el centro de la mesa.
Por encima del búcaro, Elsa contempló un instante a mister Tara. Llevaba el mismo cuello del día anterior, pues, invariablemente, se cambiaba el cuello dos veces a la semana, y una corbata negra, mugrienta y muy vieja. Las solapas de su levita estaban brillantes de tanto uso, y de sus puños, deshilachados y mugrientos, también colgaban algunos hilos sobre la mesa. Elsa, viéndole tan sucio, tan avaro, se lo imaginó por un instante como un posible futuro esposo… y un estremecimiento le recorrió el cuerpo.
