El hombre siniestro
El hombre siniestro La primera reacción del doctor fue un intenso pánico, y un escalofrÃo le recorrió el cuerpo. Luego, se repuso y pudo decir:
—¡Ya comprendo! Debo entender sus palabras como una especie de advertencia o aviso de Soyoka, ¿no es eso? ¡Pues oiga usted bien lo que le digo, majadero! Si ese Soyoka intenta hacerme el más pequeño daño, ¡ay de él! DÃgaselo de mi parte. En cuanto a usted, como vuelva a sorprenderle espiándome, le daré una paliza. ¿Lo oye?
El chino sonrió débilmente y respondió:
—De niño me dieron muchas palizas; pero ahora es distinto, ahora soy un hombre… y a la persona que intentara pegarme le harÃa… ¡esto!
Con la rapidez de un rayo, el chino se agachó y lanzó un puñal contra el pie del doctor. El arma se clavó en el suelo, no atravesando el pie de Ralph por pocos milÃmetros.
Un segundo después, el chino recogió su arma y se incorporó, mientras Ralph lanzaba un leve grito.
—¡Ya ve usted que no es tan fácil pegarle a Feng Ho! —dijo el chino con una sonrisa irónica—. ¡Antes serÃa usted cadáver que yo!
Y subiendo a su coche, dio una breve orden al chófer y desapareció, dejando al doctor mudo de sorpresa y de espanto.
