Aprendiendo a quererse a sí mismo
Aprendiendo a quererse a sí mismo Quien no se cuida, se endurece. Se anestesia. Pierde sensibilidad. La vida se vuelve repetitiva y gris. Por eso, el autocuidado no puede dejarse para después. Es un acto diario, silencioso, pero profundamente revolucionario. Significa elegir lo que nutre, rodearse de lo que eleva, reconocer cuándo parar y cómo protegerse. Quien se cuida con honestidad, puede sostenerse en pie cuando todo alrededor tiembla. Y desde ahí, estar verdaderamente para los demás.
Desde la infancia, la sociedad impone un conjunto de mandatos disfrazados de virtudes: modestia obligatoria, autocontrol extremo, sacrificio permanente, negación del mérito propio. Se nos entrena para complacer, para agradar, para no sobresalir demasiado. Si alguien habla bien de sí mismo, se lo tacha de engreído; si se da gusto, se lo juzga como superficial. Estos mandatos, al principio necesarios, se convierten con el tiempo en cadenas que atan el desarrollo personal.
Se vive con un freno de emergencia constante, bajo la mirada vigilante de lo que “debería ser”. El miedo al juicio ajeno dirige las decisiones más íntimas: qué vestir, qué soñar, a quién amar, qué disfrutar. No se vive para sí, sino para encajar. En nombre del respeto y la humildad, se castiga la autenticidad. Se prefiere una modestia vacía a una verdad honesta.
