Aprendiendo a quererse a sí mismo
Aprendiendo a quererse a sí mismo Pero toda regla que aplasta la libertad interior merece ser cuestionada. Vivir bien no es seguir normas ajenas, sino descubrir la propia brújula. Romper con los mandatos no es rebelarse por capricho, sino elegir con conciencia. Hay virtudes que, llevadas al extremo, se vuelven trampas. Ser verdaderamente libre implica atreverse a romper etiquetas, a renunciar a lo que asfixia, a decir: “esto no me sirve más”. Solo así se accede a una vida que realmente valga la pena.
Las virtudes personales merecen ser reconocidas, celebradas y compartidas, no ocultadas como si fueran una falta de modestia. La costumbre de disimular los logros, minimizar las habilidades o negar los propios talentos ha sido elevada a valor cultural. Se aplaude al que se niega, se desprecia al que se autoelogia. Sin embargo, nadie florece desde la negación de lo que es. Quien no se reconoce, se apaga lentamente.
El refuerzo positivo no debería ser exclusivo para los demás. La mirada bondadosa también debe dirigirse hacia uno mismo. Al autoelogiarse, se afirma la existencia. Al premiarse, se construye bienestar. Son gestos pequeños, pero fundamentales: decirse “lo hice bien”, darse un gusto sin justificación, contemplarse con afecto. Lejos de volver a alguien arrogante, estas acciones fortalecen el yo y lo protegen del desgaste emocional.
