El alimento de los dioses

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III

La idea fue de Bensington. Pero, como que le había sido sugerida por una de las contribuciones del profesor Redwood a los Anales Filosóficos, consultó con este otro caballero antes de llevar las cosas más adelante. Aparte el asunto, como investigación, tenía tanto de filosófico como de químico.

El profesor Redwood era uno de esos hombres de ciencia adictos en grado sumo a los gráficos y las curvas. Ya os habréis familiarizado —si pertenecéis a la clase de lector que yo espero— con la clase de artículo científico a que me refiero. Es un artículo sin pies ni cabeza, al final del cual aparecen cinco o seis diagramas plegados que al abrirse muestran unas peculiarísimas gráficas en zig-zag, elaborados relámpagos u otras líneas sinuosas e inexplicables llamadas «curvas alisadas» colocadas según las ordenadas y arraigadas en las abscisas…, y otras cosas parecidas. Os quedáis perplejos ante todo aquello durante un buen rato, con la sospecha de que no sólo sois vosotros los que no entendéis nada, sino que ni su mismo autor lo entiende. Pero, en realidad, lo cierto es que muchos de esos científicos comprenden perfectamente el significado de sus propios artículos. Es, sencillamente su forma de expresarlo lo que levanta el obstáculo entre ellos y nosotros.


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