El alimento de los dioses

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Mientras tanto, quedamente, sin apresurarse, como es propio de la infancia, los Niños del Alimento seguían creciendo en un mundo que cambiaba para poder recibirlos, hacían acopio de fuerzas, de estatura y de conocimientos, se hacían individuales y decididos, adaptándose lentamente a las dimensiones de su destino. Al poco tiempo ya parecían formar parte natural del mundo. Toda aquella agitación de engrandecimiento también parecía formar parte integrante del mundo de un modo natural, y las personas difícilmente podían imaginarse cómo habían sido las cosas antes de aquello. Llegaron a oídos de los hombres relatos de lo que los niños gigantes eran capaces de hacer, y los hombres exclamaban: «¡Maravilloso!», sin maravillarse lo más mínimo. Los periódicos populares hablaban de los tres hijos de Cossar y de cómo estos asombrosos niños levantaban grandes cañones, lanzaban grandes bloques de hierro a cientos de metros de distancia y saltaban hasta los sesenta metros. Se decía que estaban cavando un pozo más profundo que cualquier pozo o mina que hombre alguno hubiese cavado, en busca de tesoros ocultos en la tierra desde que la tierra empezó a ser.

Estos Niños, según las revistas populares, habían de allanar montañas, construir puentes para pasar el mar y llenar la tierra de túneles.

—¡Maravilloso! —decía la gente, ¿no es verdad? ¡Cuántas comodidades tendremos!


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