El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Para un observador, al menos, lo más maravilloso de todo aquel perÃodo de tensiones acumuladas es la inercia invencible de la gran masa de la población, su quieta persistencia en todo aquello que ignorase las enormes presencias, la promesa de cosas aún más enormes que estaban creciendo entre ellos mismos. Del mismo modo que muchos rÃos aparecen con una superficie lisa y tranquila al borde de una catarata mientras su corriente es potente y profunda, asà todo lo que el hombre tiene de más conservador parecÃa aquietarse en un sereno influjo durante aquellos últimos dÃas. La reacción se hizo popular, se hablaba de la bancarrota de la ciencia, de la agonÃa del Progreso, del advenimiento de los Mandarines… y se hablaba de todas estas cosas entre los ecos de las pisadas de los Niños del Alimento. El tumulto de las absurdas Revoluciones de antaño, una multitud de necia gentuza persiguiendo a un reyezuelo o algo por el estilo eran cosas de otra época, y ni se hablaba ya de ello, pero lo que no habÃa desaparecido era el Cambio. Era sólo el Cambio lo que habÃa cambiado. El Nuevo Cambio llegaba con su talante y se hallaba más allá de la comprensión habitual del mundo.