El alimento de los dioses

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I

El vicario insistía en que el niño gigante era feo.

—Siempre ha sido feo… como todo lo que es excesivo.

Las opiniones del vicario lo habían desviado de un recto juicio en este asunto. El niño era retratado con mucha frecuencia, a pesar de su rústico retiro, y el testimonio de las fotografías está en contra del vicario, atestiguando que el joven monstruo fue en un principio casi hermoso, con unos copiosos rizos que le llegaban hasta la frente y una gran facilidad para la sonrisa. Generalmente, Caddles, que era hombre de escasa estatura, aparece sonriendo detrás del niño y la perspectiva acentúa todavía más su pequeñez relativa.

Al cumplir el segundo año, el aspecto del niño se hizo más sutil y más discutible. Empezó a crecer, como su infortunado abuelo hubiera sin duda expresado, «lozano». Perdió algo de color y desarrolló un creciente efecto de ser, aunque colosal, algo delicado. Y, en realidad, así era. Los ojos y algo más que había en su rostro se afinaron, se hicieron, como dice la gente, «interesantes». El cabello, después de habérselo cortado una vez, empezó a crecer de forma enmarañada, de tal manera que se convirtió en una verdadera mata.

—Es la vena de degeneración que aparece en él —dijo el médico del pueblo, señalando estas características.


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