El alimento de los dioses

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El contraste era, desde luego, muy vivido a lo largo de la vía férrea de Dover a Londres en aquella época. Durante un buen rato atravesaron un paisaje como el que el hombre aquel había conocido en su infancia: pequeños rectángulos de terreno, limitados por setos, de un tamaño a propósito para ser arados por caballitos pigmeos; pequeñas y angostas carreteras, de una anchura máxima de tres carros; olmos y robles y álamos, punteando aquellos campos; pequeños grupos de sauces en las orillas de los arroyos; parvas de heno que no llegarían a la rodilla de un gigante; casitas de campo para muñecas con ventanas de paneles romboides; ladrillerías; dispersas calles de pueblo; grandes casas de ricos mezquinos; taludes a los lados de la vía, llenos de flores; estaciones con jardín y todas las cosas del desvanecido siglo XIX defendiéndose aún contra la Inmensidad. Aquí y allá se veía algún parche de cardos gigantes, sembrados por el viento y rasgados también por el viento, desafiando el hacha, más allá un bejín de tres metros de altura o los calcinados tallos de hierba monstruosa en una pequeña zona de terreno, pero aquello era todo lo que podía dar una indicación del uso del Alimento.





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