El alimento de los dioses

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Entonces, en un instante, el oficial saltó al otro lado de la tapia, mientras a dieciocho metros por encima de su cabeza, el poste de hierro de la lámpara eléctrica volteaba para llevarlo a la muerte. Bang, bang, bang, respondieron los fusiles, y saltaron por el aire fragmentos de la tapia, del suelo y del subsuelo del jardín. Algo más salió volando por el aire, algo que dejó unas gotas rojas en las manos de uno de los tiradores. Los policías se alejaron un poco para revolverse y volver a disparar valientemente. Pero el joven Caddles, con dos balas en el cuerpo, había girado sobre sus talones para descubrir quién lo había herido atacándolo por la espalda. ¡Bang! ¡Bang! Tuvo una visión de casas y jardines y de gente que agachaba la cabeza en las ventanas, todo balanceándose de un modo espantoso y misterioso. Parece que dio tres grandes pasos y unos traspiés, que levantó y dejó caer su maza y que se apretó el pecho. Estaba herido. ¿Qué era aquello, cálido y húmedo, que se le escurría por la mano? Un hombre, asomándose por la ventana de su dormitorio le vio la cara, lo vio mirándose fijamente con una mueca de sollozante congoja la sangre que le teñía la mano. Luego se le doblaron las rodillas y se derrumbó aparatosamente. Era la primera de las ortigas gigantes que caía ante el resuelto tirón de Caterham, y precisamente la que menos contaba éste con que le viniera a las manos.


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