El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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La humanidad no estaba tan loca como para llegar a aquel extremo… ¡Seguro que no! Era imposible, era increíble, no podía ser. ¿Qué se ganaría con matar a los gigantes, cuando era evidente que lo gigantesco en los seres inferiores no se había presentado inevitablemente? ¡No era posible que estuviesen tan locos como para hacer una cosa semejante…!

—¡Tengo que rechazar esta idea…! —dijo en voz alta—. ¡Rechazo esta idea! ¡Absolutamente!

Se interrumpió con un sobresalto. ¿Qué era aquello?

Era indudable que las ventanas habían retemblado otra vez.

Redwood fue a mirar lo que pasaba en la calle. En la casa de enfrente obtuvo la inmediata confirmación de lo que había oído. En un dormitorio de la casa número 35 había una mujer con una toalla en la mano, y en el comedor de un piso del número 37 se veía un hombre detrás de un gran jarrón con un culantrillo hipertrófico. Los dos estaban de pie, asomados a la ventana, inquietos y curiosos. Redwood pudo ver claramente que el policía que vigilaba en la calle también lo había oído. Aquello no era, pues, cosa de su imaginación.

Se volvió hacia el interior de su cuarto, que se iba oscureciendo rápidamente.

—¡Cañonazos! —se dijo. Se quedó reflexionando.


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