El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y haciendo un amplio gesto con el brazo, añadió:
—¡Vaya a verlos ahora, señor! Véalos, agazapados alrededor de sus heridos, pagando todo el daño que han hecho…
Se interrumpió como si, por casualidad, hubiese visto al hijo de Redwood.
Hubo una larga pausa.
—Vaya a verlos —dijo.
—Eso es lo que quiero.
—Entonces, vaya ahora mismo…
Dio media vuelta y oprimió el botón del timbre. Afuera, en respuesta, se oyó el ruido de unas puertas que se abrÃan y de pasos apresurados.
La conversación habÃa acabado. La exhibición habÃa tocado a su fin. Bruscamente Caterham pareció contraerse, arrugarse hasta transformarse de nuevo en un hombre de mediana edad, de mediana estatura, en el rostro amarillento y un aspecto cansino. Dio un paso hacia delante, como si saliera del marco de un cuadro, y asumiendo por completo la amistosa cortesÃa que hay detrás de todos los conflictos públicos de nuestra raza, tendió su mano a Redwood.
Como si fuera la cosa más natural del mundo, Redwood le estrechó la mano por segunda vez.