El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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¿Y dónde estaba ese otro mundo? Sobre esto también la despierta inteligencia del señor Wace arrojó luz rápidamente. Después de ponerse el sol el cielo se oscurecía muy deprisa —el crepúsculo no constituía realmente más que un breve intervalo— y las estrellas se ponían a brillar. Eran evidentemente las mismas que vemos nosotros, formando las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio, de modo que el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos cientos de millones de millas del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace averiguó que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo a mitad del invierno, y que el Sol parecía un poco más pequeño. ¡Y había dos lunas pequeñas; como la nuestra, pero más pequeñas y con marcas muy diferentes, una de las cuales se movía tan deprisa que su movimiento resultaba claramente visible al mirarla. Estas lunas nunca estaban altas en el cielo, sino que se ponían cuando se elevaban: es decir, cada vez que daban vuelta se eclipsaban por estar tan cerca de su planeta primario. Todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a las condiciones que deben de darse en Marte.




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