El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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No se veía a la mayoría de los hombres, excepto a Wau, el tallador de pedernales, y eso la hizo sentirse más segura. Sin duda estaban fuera, consiguiendo caza para comer. Algunas de las mujeres estaban también abajo en la corriente, en inclinada concentración, buscando mejillones, cangrejos, caracoles de agua, y al verlas Eudena sintió hambre. Se levantó y atravesó corriendo los helechos, decidida a unirse a ellas. Según marchaba oyó una voz entre los helechos que la llamaba suavemente. Se detuvo. Luego, de repente, oyó un ruido detrás de ella, y volviéndose vio a Ugh-lomi saliendo de los helechos. Tenía franjas de sangre marrón y suciedad en la cara, los ojos fieros, y en la mano la piedra blanca de Uya, la piedra blanca del fuego que nadie más que Uya osaba tocar. De una zancada estaba junto a ella y la agarró por el brazo. Le hizo girar y la empujó delante de él hacia el bosque.

—Uya —dijo, y ondeó los brazos.

Ella oyó un grito, miró hacia atrás y vio a todas las mujeres de pie y dos que salían vadeando de la corriente. Después llegaron alaridos más cercanos, y la vieja con barba que cuidaba del fuego en el montículo movía los brazos, y Wau, el hombre que había estado tallando el pedernal, se ponía en pie. Los niños pequeños también se apresuraban y gritaban.

—¡Ven! —dijo Ugh-lomi tirándola del brazo.

Ella todavía no comprendía.


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