El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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Durante el día se acariciaron y estaban contentos de la luz del sol, y la pierna de Eudena estaba tan rígida que se quedó sentada en el saliente todo el día. Ugh-lomi encontró pedernales grandes que sobresalían en la cara del acantilado, más grandes que ninguno de los que había visto, y arrastró algunos hasta el saliente y empezó a tallar para estar armado contra Uya cuando volviera de nuevo. Y se rió con ganas de uno de ellos, y Eudena se rió y lo tiraron por allí despectivamente porque tenía un agujero. Y metieron los dedos por él y desde luego era muy divertido. Luego se miraron el uno al otro a través de él. Después Ugh-lomi se hizo con un palo y, lanzándolo por casualidad contra ese estúpido pedernal, el palo se introdujo en él y quedó agarrado allí. Lo había clavado demasiado apretado para sacarlo. Eso era todavía más extraño —apenas nada divertido, casi terrible, y durante un rato Ugh-lomi no se preocupó mucho ni de tocar la cosa. Era como si el pedernal hubiera mordido y mantuviera los dientes apretados. Pero después se familiarizó con la extraña combinación. La balanceó y se dio cuenta de que el palo con la pesada piedra en el extremo proporcionaba mejores golpes que nada de lo que conocía. Fue de un lado para otro balanceándolo y golpeando con ello, pero luego se cansó y lo tiró. Por la tarde subió por la cresta del blanco acantilado y estuvo tumbado observando una madriguera de conejos hasta que los conejos salieron a jugar. No había hombres por allí, así que los conejos estaban despreocupados. Les tiró una piedra de matar que había hecho y consiguió una pieza.


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