El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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A comienzos del siglo XIX la mayor parte de la humanidad todavía vivía en el campo como lo había hecho durante incontables generaciones. En todo el mundo las gentes vivían entonces en pequeños pueblos y aldeas, y o bien trabajaban directamente en la agricultura, o en ocupaciones que constituían servicios para el agricultor. Raramente viajaban, y vivían cerca de su trabajo porque todavía no se habían inventado medios de trasporte rápidos. Los pocos que viajaban lo hacían a pie o en lentos barcos de vela o en parsimoniosos caballos incapaces de hacer más de sesenta millas al día. ¡Piénsalo! Sesenta millas al día. Aquí y allí, en aquellos lentos tiempos, un pueblo creció más que sus vecinos por tener puerto o ser centro gubernativo, pero en todo el mundo las ciudades con más de cien mil habitantes se podían contar con los dedos de las manos. Y eso ocurría a comienzos del siglo XIX. A finales de siglo la invención de los ferrocarriles, el telégrafo, los barcos a vapor, la maquinaria agrícola compleja había cambiado todas esas cosas: las había cambiado sin esperanza alguna de retorno. De repente eran posibles las grandes tiendas, los variados placeres, las incontables comodidades de las grandes ciudades, y, tan pronto como aparecieron, entraron en competencia con los domésticos recursos de los centros rurales. La humanidad se vio arrastrada a las ciudades por una atracción irresistible. La demanda de mano de obra cayó con el aumento de la maquinaria, los mercados locales fueron completamente desplazados y hubo un rápido crecimiento de los centros más grandes a expensas del campo abierto.


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