El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo
El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo Y así les llegó a Denton y a Elizabeth una larga sucesión de días laboriosos que les endurecieron las manos, tejieron extraños hilos de una sustancia nueva y más dura en la suave belleza de sus vidas, y trajeron graves líneas y sombras a sus rostros. Las brillantes y cómodas maneras de la vida anterior habían retrocedido a distancias inaccesibles; lentamente aprendieron la lección de los bajos fondos, sombría y laboriosa, vasta y preñada. Allí sucedieron muchos pequeños incidentes, cosas que resultaría tedioso y triste contar, cosas que fueron amargas y penosas de soportar, humillaciones, tiranías tales como las que siempre han de amasar el pan del pobre en las ciudades. Y algo nada insignificante que representó para ellos el apagón total de la vida y fue que la niña a la que habían engendrado enfermó y murió. Pero esa historia, esa antigua y perpetuamente recurrente historia ha sido contada tantas veces, ha sido relatada con tanta belleza que no es necesario repetirla aquí de nuevo. Hubo el mismo miedo agudo, la misma larga ansiedad, el inevitable golpe aplazado y el negro silencio. Siempre ha sido así, siempre será así. Es una de las cosas que tienen que ser. Y fue Elizabeth la primera en hablar después de un doloroso, embotado intervalo de días. No desde luego, del estúpido nombrecito que ya no nombraba a nadie, sino de la oscuridad que dominaba su alma. Habían atravesado juntos las vías tumultuosas y llenas de gritos de la ciudad, el clamor del comercio, el de las vociferantes religiones que competían entre ellas, el del llamamiento político, todos ellos se habían topado con oídos sordos. El resplandor de las luces de los focos, de las letras danzantes y de los feroces anuncios habían caído sobre rostros rígidos y desgraciados sin recibir la menor atención. Tomaron la cena en el comedor en un sitio aparte.