El Hombre invisible
El Hombre invisible El doctor Kemp habÃa continuado escribiendo en su estudio hasta que los disparos le hicieron levantarse de la silla. Se oyeron los disparos uno tras otro.
—¡Vaya! —dijo el doctor Kemp, volviéndose a colocar la pluma en la boca y prestando atención—. ¿Quién habrá permitido pistolas en Burdock? ¿Qué estarán haciendo esos idiotas ahora?
Se dirigió a la ventana que daba al sur, la abrió y se asomó. Al hacerlo, vio la hilera de ventanas con luz, las lámparas de gas encendidas y las luces de las casas con sus tejados y patios negros, que componÃan la ciudad de noche.
—Parece que hay gente en la parte de abajo de la colina —dijo—, en la posada.
Y se quedó allÃ, mirando. Entonces sus ojos se dirigieron mucho más allá, para fijarse en las luces de los barcos y en el resplandor del embarcadero, un pequeño pabellón iluminado, como una gema amarilla.
La luna, en cuarto creciente, parecÃa estar colgada encima de la colina situada en el oeste, y las estrellas, muy claras, tenÃan un brillo casi tropical.
Pasados cinco minutos, durante los cuales su mente habÃa estado haciendo especulaciones remotas sobre las condiciones sociales en el futuro y habÃa perdido la noción del tiempo, el doctor Kemp, con un suspiro, cerró la ventana y volvió a su escritorio.
