El Hombre invisible
El Hombre invisible El doctor Kemp se quedó allí, de pie, mirando las sábanas revueltas. ¿Aquello había sido una voz? Miró de nuevo a su alrededor, pero no vio nada raro, excepto la cama desordenada y manchada de sangre. Entonces, oyó claramente que algo se movía en la habitación, cerca del lavabo. Sin embargo, todos los hombres, incluso los más educados, tienen algo de supersticiosos. Lo que generalmente se llama miedo se apoderó entonces del doctor Kemp. Cerró la puerta de la habitación, se dirigió al tocador y dejó allí el vaso. De pronto, sobresaltado, vio, entre él y el tocador, un trozo de venda de hilo, enrollada y manchada de sangre, suspendida en el aire.
Se quedó mirando el fenómeno, sorprendido. Era un vendaje vacío. Un vendaje bien hecho, pero vacío. Cuando iba a aventurarse a tocarlo, algo se lo impidió y una voz le dijo desde muy cerca:
—¡Kemp!
—¿Qué…? —dijo Kemp, con la boca abierta.
—No te pongas nervioso —dijo la voz—. Soy un hombre invisible.
Durante un rato, Kemp no contestó, simplemente miraba el vendaje.
—Un hombre invisible —repitió la voz.