El Hombre invisible
El Hombre invisible Eran las cuatro de la tarde. Estaba oscureciendo, y la señora Hall hacía acopio de valor para entrar en la habitación y preguntarle al visitante si le apetecía tomar una taza de té. En ese momento Teddy Henfrey, el relojero, entró en el bar.
—¡Menudo tiempecito, señora Hall! ¡No hace tiempo para andar por ahí con unas botas tan ligeras!
La nieve caía ahora con más fuerza.
La señora Hall asintió; se dio cuenta de que el relojero traía su caja de herramientas y se le ocurrió una idea.
—A propósito, señor Teddy —dijo—. Me gustaría que echara un vistazo al viejo reloj del salón. Funciona bien, pero la aguja siempre señala las seis.
