El Hombre invisible
El Hombre invisible —Te habrás empezado a dar cuenta —dijo el hombre invisible— de las múltiples desventajas de mi situación. No tenÃa dónde ir, ni tampoco ropa y, además, vestirme era perder mis ventajas y hacer de mà un ser extraño y terrible. Estaba en ayunas, pero, si comÃa algo, me llenaba de materia sin digerir, y era hacerme visible de la forma más grotesca.
—No se me habÃa ocurrido —dijo Kemp.
—Ni a mà tampoco. Y la nieve me habÃa avisado de otros peligros. No podÃa salir cuando nevaba, porque me delataba, si me caÃa encima. La lluvia también me convertÃa en una silueta acuosa, en una superficie reluciente, en una burbuja. Y, en la niebla, serÃa una burbuja borrosa, un contorno, un destello, como grasiento, de humanidad. Además, al salir, por la atmósfera de Londres, se me ensuciaron los tobillos y la piel se me llenó de motitas de hollÃn y de polvo. No sabÃa cuánto tiempo tardarÃa en hacerme visible por esto, pero, era evidente, que no demasiado.
—Y menos en Londres, desde luego.
