El Hombre invisible

El Hombre invisible

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Esto, al menos para el autor, hace que el asesinato escape a la absoluta inmotivación. Podemos creer que Griffin había arrancado la barra para que le sirviera, desde luego, como arma, pero sin que tuviera la deliberada intención de utilizarla para matar. Wicksteed pudo cruzarse en su camino y ver aquella barra, que, inexplicablemente, se movía sola, suspendida en el aire. Sin pensar en el hombre invisible, pues Port Burdock quedaba a diez kilómetros de allí, pudo haberla perseguido. Puede ser, incluso, que no hubiera oído hablar del hombre invisible. Uno podría imaginarse, entonces, al hombre invisible alejándose sin hacer ruido, para evitar que se descubriese su presencia en el vecindario, y a Wicksteed, excitado por la curiosidad, persiguiendo al objeto móvil y, por último, atacándolo.

Sin lugar a dudas, el hombre invisible se pudo haber alejado fácilmente de aquel hombre de mediana edad que lo perseguía, bajo circunstancias normales, pero la posición en que se encontró el cuerpo de Wicksteed hace pensar que tuvo la mala suerte de conducir a su presa a un rincón situado entre un montón de ortigas y el foso. Para los que conocen la extraordinaria irascibilidad del hombre invisible, el resto del relato ya se lo pueden imaginar.



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