El Hombre invisible
El Hombre invisible Se oyó el ruido de cristales rotos, que venía de arriba. Adye vio el destello plateado del pequeño revólver, que asomaba por el bolsillo de Kemp.
—¡Es la ventana de arriba! —dijo Kemp, y subió corriendo. Mientras se encontraba en las escaleras, se oyó un segundo ruido. Cuando entraron en el estudio, se encontraron con que dos de las tres ventanas estaban rotas y los cristales esparcidos por casi toda la habitación. Encima de la mesa, había una piedra enorme. Los dos se quedaron parados en el umbral de la puerta, contemplando el destrozo. Kemp empezó a lanzar maldiciones y, mientras lo hacía, la tercera ventana se rompió con un ruido como el de un pistoletazo. Se mantuvo un momento así, y cayó, haciéndose mil pedazos, dentro de la habitación.
—¿Por qué lo ha hecho? —preguntó Adye.
—Es el comienzo —dijo Kemp.
—¿No hay forma de subir aquí?
—Ni siquiera para un gato —dijo Kemp.
—¿No hay contraventanas?
—Aquí no, pero sí las hay en todas las ventanas del piso de abajo. ¿Qué ha sido eso?
En el piso de abajo se oyó el ruido de un golpe, y después, cómo crujían las maderas.