El Hombre invisible

El Hombre invisible

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Epílogo

Así termina la historia del extraño y diabólico experimento del hombre invisible. Si quieres saber algo más de él, tienes que ir a una pequeña posada cerca de Port Stowe y hablar con el dueño. El emblema de la posada es un letrero que sólo tiene dibujados un sombrero y unas botas, y cuyo nombre es el título de este libro. El posadero es un hombre bajito y corpulento, con una nariz grande y redonda, el pelo pincho y una cara que se pone colorada alguna que otra vez. Bebe mucho y él te contará muchas cosas de las que le ocurrieron después de aquello, y de cómo los jueces intentaron despojarlo del tesoro que tenía en su poder.

—Cuando se dieron cuenta de que no podían probar el dinero que tenía —decía— ¡que me aspen si no intentaron acusarme de buscador de tesoros! ¿Tengo yo aspecto de buscador de tesoros? Luego un caballero me dijo que me daría una guinea por noche si contaba la historia en el Empire Music Hall, sólo por contarla con mis propias palabras.

Y, si quieres interrumpir la ola de recuerdos de repente, puedes hacerlo preguntándole si, en el relato, no aparecían tres manuscritos. Él reconocerá que los había y te dirá que todo el mundo cree que él los tiene, pero no es así.


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