El Hombre invisible

El Hombre invisible

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Los domingos por la mañana, todos los domingos del año por la mañana, cuando se encierra en su mundo, y todas las noches después de las diez, se encierra en un salón de la posada con un vaso de ginebra con un poco de agua; entonces, deja el vaso en una mesa, echa la llave y examina las persianas e, incluso, mira debajo de la mesa. Después, cuando se cerciora de que está solo, abre el armario, saca una caja que también abre, y de ésta, otra y, de la última, saca tres libros, encuadernados en cuero marrón, y los coloca con toda solemnidad en la mesa. Las cubiertas están desgastadas y teñidas de un verde parduzco, pues una vez estuvieron metidas en una zanja, y algunas páginas no se pueden leer, porque lo borró todo el agua sucia. El posadero, entonces, se sienta en un sillón, llena una pipa, larga y de barro, contemplando mientras tanto los libros. Después, acerca uno y empieza a estudiarlo, pasando las páginas una y otra vez. Frunce el ceño y mueve los labios.

—Equis, un dos pequeño en el aire, una cruz y más tonterías. ¡Dios mío! ¡Qué cabeza tenía!

Luego se relaja y se echa hacia atrás y mira, entre el humo, las cosas que son invisibles para otros ojos.

—Están llenos de secretos —dice—, ¡de maravillosos secretos! El día que sepa lo que quieren decir… ¡Dios mío! Desde luego, no haré lo que él hizo; yo sólo… ¡bien! —Y chupa su pipa.


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