El Hombre invisible
El Hombre invisible Bunting se echó a reÃr.
—¡No habÃa nada allà dentro! —dijo Cuss haciendo hincapié en la palabra «allû—. Me parece muy bien que te rÃas, pero estaba tan asustado, que le golpeé con el puño, me di la vuelta y salà corriendo de la habitación.
Cuss se calló. Nadie podÃa dudar de su sinceridad por el pánico que manifestaba. Aturdido, miró a su alrededor y se tomó una segunda copa de jerez.
—Cuando le golpeé el puño, —siguió Cuss—, te prometo que noté exactamente igual que si golpeara un brazo, ¡pero no habÃa brazo! ¡No habÃa ni rastro del brazo!
El señor Bunting recapacitó sobre lo que acababa de oÃr. Miró al señor Cuss con algunas sospechas.
—Es una historia realmente extraordinaria —le dijo. Miró gravemente a Cuss y repitió—: Realmente, es una historia extraordinaria.