El Hombre invisible
El Hombre invisible La señora Hall se dio cuenta de que llevaba puestas unas grandes gafas azules y de que por encima del cuello del abrigo le salÃan unas amplias patillas, que le ocultaban el rostro completamente.
—Como quiera el señor —contestó ella—. La habitación se calentará enseguida.
Sin contestar, apartó de nuevo la vista de ella, y la señora Hall, dándose cuenta de que sus intentos de entablar conversación no eran oportunos, dejó rápidamente el resto de las cosas sobre la mesa y salió de la habitación. Cuando volvió, él seguÃa allà todavÃa, como si fuese de piedra, encorvado, con el cuello del abrigo hacia arriba y el ala del sombrero goteando, ocultándole completamente el rostro y las orejas. La señora Hall dejó los huevos con bacon en la mesa con fuerza y le dijo:
—La cena está servida, señor.
—Gracias —contestó el forastero sin moverse hasta que ella hubo cerrado la puerta. Después se abalanzó sobre la comida en la mesa.
Cuando volvÃa a la cocina por detrás del mostrador, la señora Hall empezó a oÃr un ruido que se repetÃa a intervalos regulares. Era el batir de una cuchara en un cuenco.
—¡Esa chica!, —dijo—, se me habÃa olvidado, ¡si no tardara tanto!
