La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Después de esta súbita lección sobre el poder de las armas terrestres, los marcianos se retiraron a su posición original del campo comunal de Horsell, y en su apresuramiento, y cargados como iban con los restos de su compañero, dejaron de ver a muchos hombres que se encontraban en la misma situación que yo.
Si hubieran dejado al gigante destruido y continuado su marcha hacia adelante, no habrían encontrado entonces nada que les impidiera llegar hasta Londres y es seguro que hubiesen llegado a la capital mucho antes que se enteraran de su proximidad. Su ataque habría sido tan súbito y destructivo como lo fue el terremoto que asoló Lisboa hace ya un siglo.
Mas no tenían prisa. Un cilindro seguía a otro en su viaje interplanetario; cada veinticuatro horas recibían refuerzos. Y mientras tanto, las autoridades militares y navales, conocedoras ya del terrible poder de sus enemigos, trabajaban con furiosa energía. Cada minuto se instalaba un nuevo cañón, hasta que antes del anochecer había uno detrás de cada seto, de cada fila de casas, de cada loma entre Kingston y Richmond. Y en toda la extensión de la desolada área de veinte millas cuadradas que rodeaba el campamento marciano de Horsell se arrastraban los exploradores con los heliógrafos, que habrían de advertir a los artilleros la llegada del enemigo.
