La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Ya habrá imaginado el lector la rugiente ola de miedo que azotó la ciudad más grande del mundo al amanecer del lunes: la corriente de fuga, que se fue convirtiendo con rapidez en un torrente enfurecido en los alrededores de las estaciones ferroviarias, se convirtió en una lucha a muerte en los muelles del Támesis y buscó salida por todos los canales disponibles del norte y del este. A las diez de la mañana perdÃa coherencia la organización policial, y a mediodÃa se desplomaba por completo la de los ferrocarriles.
Todas las lÃneas ferroviarias del norte del Támesis y los habitantes del sudeste habÃan sido advertidos del peligro a la medianoche del domingo, y los trenes se llenaban con rapidez, mientras que la gente luchaba con salvajismo por conseguir espacio en los vagones.
A las tres de la tarde muchos eran aplastados y pisoteados, aun en la calle Bishopsgate; a doscientos metros de la estación de la calle Liverpool se disparaban revólveres, se apuñalaba a muchos y los agentes de policÃa que fueron enviados a dirigir el tránsito dejábanse llevar por la cólera y rompÃan las cabezas de las personas a las que debÃan proteger.
Y al avanzar el dÃa y negarse los maquinistas y fogoneros a regresar a Londres, la presión del éxodo obligó a la multitud a alejarse de las estaciones y volcarse por los caminos que iban hacia el norte.
