La Guerra de los Mundos

La Guerra de los Mundos

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3Los días de encierro

La llegada de la segunda máquina guerrera nos alejó de nuestro mirador obligándonos a ocultarnos en el lavadero, pues temíamos que desde su elevación el marciano pudiera vernos por encima de nuestra barrera. Más adelante comenzamos a no temer tanto el peligro de que nos vieran, ya que ellos se hallaban a plena luz del sol, y por fuerza nuestro refugio debería parecerles completamente oscuro. Pero al principio, la menor sugestión de proximidad de su parte nos hacía correr al lavadero con el corazón en la boca.

Sin embargo, a pesar del riesgo terrible que corríamos, la atracción de la ranura era irresistible para ambos. Y ahora recuerdo con no poca admiración que a pesar del peligro infinito en que nos hallábamos entre la muerte por hambre y la muerte más terrible en manos del enemigo luchábamos, no obstante, por el horrible privilegio de espiar a los marcianos. Corríamos por la cocina con paso grotesco, en el que se notaba el apuro y el sigilo, y nos golpeábamos con los puños y los pies a escasos centímetros de la ranura.




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