La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Lo primero que hice antes de ir a la despensa fue asegurar la puerta de comunicación entre la cocina y el lavadero. Pero la despensa estaba vacÃa; no quedaba en ella nada de alimento. Al parecer, se lo habÃa llevado todo el marciano. Ante este descubrimiento me desesperé realmente por primera vez. Ni el undécimo ni el duodécimo dÃa tomé alimentos ni agua.
Al principio sentà la garganta seca y se agotaron mis fuerzas con rapidez. Estuve sentado en la oscuridad del lavadero, en un estado de completa postración. No hacÃa más que pensar en comer. Pensé que estaba sordo, pues habÃan cesado por completo los ruidos que acostumbraba a oÃr procedentes del pozo. No tenÃa fuerzas suficientes para arrastrarme en silencio hasta la ranura, pues de haberlas tenido hubiese ido a mirar.
El duodécimo dÃa me dolÃa tanto la garganta, que corrà el riesgo de llamar la atención de los marcianos y ataqué la bomba de agua de lluvia que habÃa junto al fregadero, obteniendo asà buena cantidad de agua ennegrecida y de mal gusto. Me mortificó esto y me animó mucho el hecho de que el ruido no hubiera atraÃdo a ningún tentáculo investigador.
Durante ese tiempo pensé mucho en el cura y en la forma como murió.
