La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Durante un tiempo me quedé parado sobre la pila de escombros sin pensar en el peligro. Dentro de la cueva de la que acababa de salir sólo habÃa pensado en nuestra seguridad inmediata. No me hice cargo de lo que sucedÃa en el mundo, no imaginé el sorprendente espectáculo que me esperaba a la salida. HabÃa esperado ver a Sheen en ruinas… y ahora tenÃa ante mà el paisaje fantástico de otro planeta.
En ese momento experimenté una emoción que está más allá del alcance de los hombres, pero que las pobres bestias a las que dominamos conocen muy bien. Me sentà como podrÃa sentirse el conejo al volver a su cueva y verse de pronto ante una docena de peones que cavan allà los cimientos para una casa. Tuve el primer atisbo de algo que poco después se tornó bien claro a mi mente, que me oprimió durante muchos dÃas: me sentà destronado, comprendà que no era ya uno de los amos, sino un animal más entre los animales sojuzgados por los marcianos. Nosotros tendrÃamos que hacer lo mismo que aquéllos: vivir en constante peligro, vigilar, correr y ocultarnos; el imperio del hombre acababa de fenecer.
