La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Después que hube visto a los marcianos salir del cilindro en el que llegaran a la Tierra, una especie de fascinación paralizó por completo mi cuerpo. Me quedé parado entre los brezos con la vista fija en el montículo que los ocultaba. En mi alma librábase una batalla entre el miedo y la curiosidad.
No me atrevía a volver hacia el pozo, pero sentía un extraordinario deseo de observar su interior. Por esta causa comencé a caminar describiendo una amplia curva en busca de algún punto ventajoso y mirando continuamente hacia los montones de arena tras los cuales se ocultaban los recién llegados. En cierta oportunidad vi el movimiento de una serie de apéndices delgados y negros, parecidos a los tentáculos de un pulpo, que de inmediato desaparecieron. Después se elevó una delgada vara articulada que tenía en su parte superior un disco, el cual giraba con un movimiento bamboleante. ¿Qué estarían haciendo?
La mayoría de los espectadores había formado dos grupos: uno de ellos se hallaba en dirección a Woking y el otro hacia Chobham. Evidentemente, estaban pasando por el mismo conflicto mental que yo. Había algunos cerca de mí y me acerqué a un vecino mío cuyo nombre ignoro.
—¡Qué bestias horribles! —me dijo—. ¡Dios mío! ¡Qué bestias horribles!
