La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Ya he aclarado que mis emociones suelen agotarse por sà solas. Al cabo de un tiempo descubrà que estaba mojado y sentÃa frÃo, mientras que a mis pies se habÃan formado charcos de agua. Me levanté casi mecánicamente, entré en el comedor para beber un poco de güisqui y después fui a cambiarme de ropa.
Hecho esto subà a mi estudio, aunque no sé por qué fui allÃ. Desde la ventana de esa estancia se divisa el campo comunal de Horsell sobre los árboles y el ferrocarril. En el apresuramiento de nuestra partida la habÃamos dejado abierta. Al llegar a la puerta me detuve y miré con atención la escena enmarcada en la abertura de la ventana.
HabÃa pasado la tormenta. No existÃan ya las torres del colegio «Oriental» ni los pinos de su alrededor, y muy lejos, iluminado por un vÃvido resplandor rojizo, se veÃa perfectamente el campo que rodeaba los arenales. Sobre el fondo luminoso se veÃan moverse enormes formas negras extrañas y grotescas.
