La Guerra de los Mundos
La Guerra de los Mundos Al acrecentarse la luz del dÃa nos alejamos de la ventana, desde la que habÃamos observado a los marcianos, y descendimos a la planta baja.
El artillero concordó conmigo que no era conveniente permanecer en la casa. TenÃa pensado seguir viaje hacia Londres y unirse de nuevo a su baterÃa, que era la número doce de la ArtillerÃa Montada. Por mi parte, yo me proponÃa regresar de inmediato a Leatherhead, y tanto me habÃa impresionado el poder destructivo de los marcianos, que decidà llevar a mi esposa a Newhaven y salir con ella del paÃs. Ya me daba cuenta de que la región cercana a Londres debÃa ser por fuerza el escenario de una guerra desastrosa antes que se pudiera terminar con los monstruos.
Pero entre nosotros y Leatherhead se hallaba el tercer cilindro con los gigantes que lo guardaban. De haber estado solo creo que hubiera corrido el riesgo de cruzar por allÃ. Pero el artillero me disuadió.
—No estarÃa bien que dejara viuda a su esposa —me dijo.
Al fin accedà a ir con él por entre los bosques hasta Street Chobham, donde nos separarÃamos. Desde allà tratarÃa yo de dar un rodeo por Epsom hasta llegar a Leatherhead.
