La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau AsÃ, tropezando con las rocas, pinchándome con las zarzas, sorteando matorrales y cañas, fue como ayudé en la persecución del Hombre Leopardo, mientras el Cerdo Hiena reÃa a mi lado como un salvaje. Avanzaba haciendo eses, la cabeza me daba vueltas y el corazón me latÃa a toda velocidad. Estaba completamente agotado y, sin embargo, no me atrevÃa a perder de vista al grupo por temor a quedarme a solas con tan horrible compañero. Y seguà adelante, a pesar del bochorno de la tarde tropical y del tremendo cansancio que me invadÃa.
Finalmente, el furor de la caza decreció. HabÃamos acorralado a la bestia en un rincón de la isla. Moreau, látigo en mano, nos hizo formar en fila. Esta vez avanzamos despacio, intercambiando gritos y cerrando el cÃrculo en torno a nuestra vÃctima. El Hombre Leopardo nos acechaba, silencioso e invisible, entre los mismos matorrales por los que yo habÃa huido durante la anterior persecución nocturna.
—¡Tranquilos! ¡Tranquilos! —gritaba Moreau, mientras los últimos de la hilera rodeaban los arbustos, cercando definitivamente a la bestia.
—¡Cuidado! —llegó la voz de Montgomery desde detrás de un soto.
Yo estaba en la pendiente, por encima de los arbustos. Montgomery y Moreau batÃan la playa. Nos adentramos muy despacio en la red de ramas y hojas. Nuestra presa no hacÃa el menor ruido.