La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Apenas habÃan pasado seis semanas, y habÃa perdido todo sentimiento salvo el de aversión y odio hacia los infames experimentos de Moreau. No pensaba más que en alejarme de aquellas horribles caricaturas de la imagen de mi Hacedor y en regresar al sano y agradable trato con los hombres. Mis semejantes, de los que me encontraba apartado, comenzaron a cobrar en mi recuerdo una virtud y una belleza idÃlicas. Mi conato de amistad con Montgomery no prosperó. Su prolongado aislamiento, su alcoholismo y la evidente simpatÃa que sentÃa por los Salvajes lo echaron todo a perder. En varias ocasiones dejé que fuera solo con ellos. HacÃa todo lo posible por evitar el contacto con las bestias.
Pasaba cada vez más tiempo en la playa, en espera de algún navÃo libertador que nunca aparecÃa, hasta que un dÃa cayó sobre nosotros una terrible desgracia, que modificarÃa por completo mi extraño entorno.
HabÃan transcurrido siete u ocho semanas desde mi llegada —quizá más, pues no me habÃa molestado en llevar la cuenta— cuando sobrevino la catástrofe. Ocurrió una mañana, muy temprano, creo que alrededor de las seis. Me habÃa levantado y habÃa desayunado pronto, despertado por el ruido de tres Monstruos que transportaban madera hasta el recinto.