La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Pero al ver que iba completamente a la deriva, los de la isla se apiadaron de mÃ. Me deslizaba lentamente hacia el este, acercándome a la isla en diagonal, y con alivio casi histérico vi que la lancha viraba y acudÃa en mi ayuda. Iba muy cargada y, cuando estuvo más cerca, distinguà al acompañante de Montgomery, el hombre de pelo blanco y anchas espaldas, sentado entre los perros y las cajas en las escotas de popa. Me miraba fijamente sin hablar ni moverse. El tullido de la cara negra me observaba con igual intensidad desde la proa, donde se encontraba el puma. HabÃa otros tres hombres, extraños y de aspecto brutal, a quienes los perros gruñÃan ferozmente. Montgomery, que llevaba el timón, acercó la lancha hasta el chinchorro, y agarró y aseguró mi amarra a la caña del timón para remolcarme, pues no habÃa espacio a bordo.
Para entonces ya habÃa superado mi ataque de histeria y respondà a su saludo mientras se acercaba valientemente. Le dije que el chinchorro estaba casi inundado y me pasó un cubo. Al tensarse la cuerda entre las dos embarcaciones di una sacudida hacia atrás. Durante un rato estuve muy ocupado achicando el agua.
Cuando hube terminado de sacar toda el agua —que habÃan cargado intencionadamente en el chinchorro, pues éste se hallaba en perfecto estado— pude al fin mirar a la gente de la lancha.
